CONFESIONES DE UN HINCHA

Desde pequeño me prometí ser hincha. Nada más que eso. Un mendigo del balón, del fútbol, un incondicional de Millos, un seguidor de jugadores talentosos, un vagabundo de estadios.

Confesiones de un hincha (2008)

La primera vez que fui a un estadio, a comienzos de la década de los 80, tomado de la mano de mi padre, sentí una extraña sensación en el cuerpo y en el alma que me cambió para siempre. Sin saberlo, me había contagiado de la enfermedad del fútbol.

Mientras entraba a ese estadio que se me hizo inmenso, y mientras miraba a lo lejos a los jugadores, descubrí que la pasión era contagiosa, que no había cura contra los goles, que no había mayor creatividad que una gambeta en las cinco con cincuenta, que no había mayor alegría que un gol, que no había mejor compañera que la pelota, y que la soledad era un 3-0 en contra.

Desde entonces me prometí ser hincha. Nada más que eso. Un mendigo del balón, del fútbol, un incondicional de Millos, un seguidor de jugadores talentosos, un vagabundo de estadios. Desde entonces siento que mi sangre es azul, y lo digo orgulloso, porque ese primer día que fui al estadio me enamoré y le entregue para siempre, en un pacto silencioso, mi pequeña alma a un equipo.

Hoy, casi 26 años después de ese primer amor, sigo enamorado del fútbol, del equipo, -aunque me molesten sus dirigentes –los grandes y los chiquis-, aunque me haya salido callo de tanto esperar, y aunque la enfermedad del fútbol no haya sino empeorado.

Soy ante todo un hincha, y estas son mis confesiones. Jugué por años al fútbol, aunque cuatro operaciones de rodilla me hayan convidado al banco de suplentes para siempre. Soñé, con algún día vestir una camiseta de un equipo, ser famoso aunque fuera por tan sólo 5 minutos con un gol; ser héroe, ángel o demonio en una cancha, pero resultó que la mano escribía mejor de lo que jugaba el pie. En algún momento me dedique al periodismo, pero descubrí que lo que amaba era contar historias y no perseguir una chiva.

Por ello, y por sentirme incompleto, incomodo, frustrado, como luego de botar un penal decisivo, decidí todos los días, como parte de un ritual, de mi ritual, buscar en el fútbol mi paraíso.
Desde entonces lo sigo día y noche, y no me importa, la verdad, que al día siguiente siga con las costillas intactas. El fútbol es, ha sido, y será mi primer amor, y por eso a él le entrego todo y no le pido nada. Por eso le profeso cariño y lo respeto como en cualquier religión.

Creo que el marcador es una anécdota del partido, y a que aunque todos queremos ganar, eso no es lo que motiva a mirar un juego. Creo que uno solo puede ser hincha de un equipo, y que lo otro es infidelidad. Creo que se puede mirar cualquier partido, sin importar quien lo juegue. Creo que hay mirar los goles y las jugadas una y otra vez, hasta el cansancio, por el solo placer de la emoción; y aunque me gusta la táctica y la estrategia, disfruto un túnel o una gambeta mucho más, aunque sea inocua, aunque solo sirva para el aplauso.

Sospecho, de verdad sospecho, de los que no les gusta el fútbol, me parecen seres raros y sin duda con algún problema. Voy al estadio, siempre, porque allí es donde el evangelio se hace realidad. Aunque me parece bien ver fútbol por televisión, se que no hay nada como estar en las gradas y abrazar a un desconocido cuando se hace un gol. Cuando visitó una ciudad, conozco primero el estadio que la catedral, al fin y al cabo dios está en todas partes.

Creo en el talento de los jugadores y desconfío de los dirigentes. Me divierto recordando tardes
de emoción, y me aburro con el 0-0.

No creo en los hinchas que se pintan el cuerpo, pero que no llevan el equipo tatuado en el alma. Desconfió de los que se llaman así pero sólo van cuando el equipo está en el tope de la tabla. No me gustan los que escogen partidos, los que insultan a los jugadores, los que se creen técnicos desde la raya. Los que aman con odio. Me gustan los que son fieles, constantes, los que saben que los jugadores y dirigentes pasan, pero que los equipos quedan, los que se les rompe el alma en cada derrota, pero igual asisten y gritan más al domingo siguiente...

El fútbol ha sido mi principio y mi fin. Explico casi todo lo que pasa en mi vida por medio de un balón. Recuerdo jugadores y recito alineaciones, valoro la amistad de los que los he conocido en un cancha, y espero que mi hijos, sin importar su sexo, sean volantes, delanteros y por lo menos uno sea un 10.

Esta columna es un reflejo de eso, de lo que es ser hincha. Una voz en medio de la multitud, como cuando hay un gol visitante en un estadio colmado y solo se oye el grito de los jugadores y del hincha que viajó seis horas para estar con ellos. Esta columna es una opción para mirar el fútbol con corazón y cabeza, como cuando un gruñón, con la camisa 6, mal encarado, sin afeitar, se le acerca a uno por la espalda listo a romperle la tibia, y un túnel es lo único que uno puede darle como respuesta.

Estas son mis confesiones, las confesiones de un hincha…