CONFESIONES DE UN HINCHA
Decalogo para futbolistas (2000)
1. Fue un partido dificil pero, gracias a Dios, ganamos y sumamos que es lo importante. Además se
brindó un bonito espectáculo.
2. El triunfo de esta tarde se debe al trabajo que hacemos durante la semana, a la confianza del profe y los directivos que han creído en este grupo de jugadores. Además se brindó un bonito espectáculo.
3. Nooooo, el equipo rival era de respeto. Ellos también eran once, y no eran ni cojos ni mancos, por eso creo que fue un triunfo justo a pesar de lo apretado del marcador. Además se brindó un bonito espectáculo.
4. Aguantamos el chaparrón de los primeros minutos y ripostamos. Ellos llegaron tres veces pero tu sabes, en el fútbol no gana quien más llegue, sino quien más goles haga. Además se brindó un bonito espectáculo.
5.Este es un triunfo de todo el pueblo, se lo dedicamos a ellos y que ojalá la paz llegue. Además se brindó un bonito espectáculo.
6.No hay rival pequeño. En el futbol cada día se escribe la historia. Lo importantes es que se corrieron los noventa minutos. Además se brindó un bonito espectáculo.
7. Respetamos al rival, pero eso no quiere decir que no lo ataquemos. Esperamos haber demostrado la supremacía en los noventa minutos. Además se brindó un bonito espectáculo.
8. La jugada de gol, la preparamos durante la semana y hoy gracias a Dios, y al trabajo, se nos dio. Además se brindó un bonito espectáculo.
9.Dios sabe como hace sus cosas, hoy quiso que ganaramos pero quién sabe que querrá mañana. Por eso sólo nos queda trabajar. Además se brindó un bonito espectáculo.
10.Este no es un triunfo de un jugador, es un triunfo de un equipo, acá, en el club, son como hermanos y ya logré adaptarme al idioma y al clima. Además se brindó un bonito espectáculo.
Decálogo de un futbolista perdedor
1. Fue un juego difícil y tú sabes, que todos los equipos, aún los más grandes, tienen un mal día. Preciso hoy nos toco a nosotros. Igual, no hay que preocuparse, esto es un proceso.
2.La derrota de esta tarde se veía venir. No es por nada, yo se que la ropa sucia se lava en casa, pero si hay jugadores, y no digo nombres porque para qué, a los que les falta guevos. Igual, no hay que preocuparse, esto es un proceso.
3.Nooooo, el equipo rival era de respeto. Ellos también eran once, y no eran ni cojos ni mancos, por eso creo que la derrota fue justa a pesar de lo apretado del marcador. Igual, no hay que preocuparse, esto es un proceso.
4.Aguantamos, pero no nos alcanzó. Ellos apenas crearon tres opciones de gol y nos las marcaron. Nosotros creamos cuatro, cinco, seis pero no convertimos ninguna. Igual, no hay que preocuparse, esto es un proceso.
5.Quisimos brindarle al país un triunfo y la paz, pero lastimosamente el fútbol es así. Otra vez será. El fútbol es así, a veces se gana, a veces se pierde, y a veces se empata. Hoy nos tocó perder. Igual, no hay que preocuparse, esto es un proceso.
6. No hay rival pequeño. En el fútbol cada día se escribe la historia. Lo importantes es que se corrieron los noventa minutos. Igual, no hay que preocuparse, esto es un proceso.
7. Seguiremos trabajando. Yo creo que los jugadores pasan pero que las instituciones quedan y este equipo es muy grande. A la hinchada que siempre nos apoyó, que espere mejores cosas. Se brindó espectáculo, se hizo lo que se pudo, pero hay que estar concentrados los noventa minutos. Igual, no hay que preocuparse, esto es un proceso.
8. ¿Qué quiere que le diga si perdimos? Igual mañana hay que ir a trabajar y esperamos hacer un mejor partido la próxima vez. Igual, no hay que preocuparse, esto es un proceso.
9. Yo vi a mi equipo bien parado, jugaron bien, crearon opciones. El 0-0 es un resultado normal dentro de un campo de juego, grave sería si ellos nos hubieran ganado. Igual, no hay que preocuparse, esto es un proceso.
10.Nooo, pues adaptándome al medio. Conociendo la comida. Lo más dificil es el idioma español, por eso no triunfo.
- ¿Pero usted no juega en España?
- Si, por eso...
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El valor de un segundo (2000)
Esa es la belleza de la lluvia. Es predecible pero no siempre confiable. No sigue un libreto. No es obvia ni rutinaria. No suma dos más dos para hacer cuatro gotas, sino que forma una sola. Siempre deja un espacio para la sorpresa, para un inesperado. Igual que el fútbol, igual que ese deporte que le cambia la vida a muchos en un segundo. En ese fragmento corto de tiempo en que usted se demora en leer la palabra día, en que se gasta en evadir la vida y encontrar la muerte. El fútbol es una metáfora de la vida. La vida es una metáfora que se explica con el fútbol.
En un segundo, un hombre se puede quitar la vida. Entregarse a la muerte con un sólo disparo. O entregarse a la vida con un nacimiento. Un segundo en realidad puede ser todo y ser nada. Un equipo puede ganar en esa fracción o perder para siempre. A Colombia, a nuestra selección, le tocó lo segundo, entregarse al "dolor" y abandonar el estadio de Morumbí con una sensación de tristeza pero llevándose algo que sólo valoró después.
Es cierto, un segundo antes Colombia tenía el cuerpo invadido por tropas de felicidad. Es cierto, un segundo antes Colombia entera, el país que se paraliza buscando la felicidad en un juego de fútbol sonreía con esa sonrisa complice de sentirse parte de los triunfos.
Pero es que la vida cambia en un segundo. Roque Junior, el enorme número cuatro de Brasil, cabeceó sin que nadie lo vieran. Cabeceó como un aguacero imperceptible en un día de sol. En un segundo él, sólo él, derrumbó a un país. Acabó con la supuesta ilusión que daba el empate.
Pero yo le preguntó a usted, lector, hincha del futbol que aguanta las palabras como quien espera su turno para cobrar un penal en una interminable fila india, le pregunto si usted realmente se sintió triste con la derrota. Con la gota de lluvia que cayó. Si usted realmente siente que se perdió todo.
Es cierto, me dirá usted, uno juega para ganar, el triunfo da puntos, y lleva a un mundial, pero también es cierto, le digo yo, que un día de sol no se daña por una simple gota. Brasil ganó pero no celebró con el alma, Colombia perdió pero no se entregó al llanto.
El fútbol no puede ser un juego sólo cuantificable, sólo anecdotario lleno de 1-0, 2-0, mil ceros. No puede ser sólo una imagen consignada numéricamente en el papel. El fútbol es toda la tarde de sol y no unicamente el momento de lluvia.
Aunque esta con su belleza nos recuerde que gracias a dios el fútbol no es lógico, ni actua bajo libreto.
El miércoles pasado, al minuto 47 con 46 segundos a Colombia le llovío en el área del alma, pero le llovió una lluvia buena.
El miércoles, que quede claro, no perdimos por aguacero. Tan sólo disfrutamos de una gota que nos hizo revalorar el tiempo. Que nos hizo revalorar el valor de la grandeza de un segundo.
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Decálogo del Perfecto Periodista chibchombiano.
Invéntese palabras para describir los objetos. Por ejemplo, no diga nunca el volante de creación Raúl Ramírez pateó el balón. Diga en cambio: el jugador albiazul marcado con la blusa seis en la espalda, le pegó a la chiquita, a la pecosa, a la esférica, al útil, a la redonda. Eso da status, es decir cache, como a William Winasco Ch.
Regla número dos
Hable lo más rebuscado y sin sentido que pueda. Invéntese adjetivos, verbos, (si sabe que son). No diga nunca el jugador se levanta del piso. Sea gráfico. Diga, por ejemplo, el jugador se verticalizó. No diga tarjeta roja sino epiteto bermejo y para la amarilla el acrílico hepático. No diga jugar en el medio campo sino volantear.
Regla número tres
Pronuncie la letra "x" como la "t", así podrá decir etcelente, en lugar de excelente. Cambie la letra "p" por la "k", así dirá Millos es okcionado a ganar. Construya frases propias. El sectimo partido será el definitorio para saber cual de estos será el prótsimo campeón del fúbol colombiano. Cambie el acento de los equipos extranjeros. En lugar de Rumania, diga Rumanía.
Regla número cuatro
Póngase nombre gala. Nada de Andrés, Felipe o Carlos. Sólo Weimar, Edwin, Adolfo, William. Eso sí, ponga música en las transmisiones, ambiente el partido y hágase un jingle bien creativo con su nombre. Por ejemplo "Benjamín, Benjamín, narrador con mucho swing"
Regla número cinco
Apréndase el mayor número de lugares comunes. Por ejemplo: el balón pasó silbando por el vertical. Juego limpio por favor. El partido se acaba al minuto 90, no antes. Donde manda capitán no manda marinero. Al cesar lo que es del cesar. Hay que aguntar el chaparrón de los primeros quince. Apague y vamonos. El que no los hace los ve hacer. La mejor defensa es el ataque.
Regla número seis
Ponga apodos a los jugadores. A Carlos Valencia dígale "el pitillo"; a Eduardo Pimentel "el bochica"; a Sergio Gonzales "el botija". En fin, sea lo más creativo. Si el jugador es chiquito bautícelo "el pitufo". Si es alto, "el Armario" o "la jirafa". A los de apellido Pérez coloquele, no les ponga, el remoquete de "el ratón".
Regla número siete
Lea de todo menos de fútbol. Aprenda a gritar. Está comprobado que entre menos sepa pero más duro hable, más posibilidades hay de triunfar.
Regla número ocho
Cuando este aburrido de viajar y viajar, de que le paguen por ver fútbol, métase de candidato a lo que sea. No importa. Igual entre un buen político y un periodista deportivo no hay mucha diferencia.
Regla número nueve
Acomode sus cometarios siempre al resultado. Eso da credibilidad. Si el equipo que usted admira gana , diga que usted lo había dicho; si pierde, diga que usted lo había advertido. Si empata, que ese resultado se venía venir.
Regla número diez
Cuando en los consejos de redacción le pidan temás y no sepa que escribir, proponga un artículo contra sus colegas. Eso nunca falla y siempre da buenos resultados. Además le da fama de creativo.
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Carta abierta al Pibe (2000)
Quisiera que las noticias que oigo no fueran ciertas. Que el llamado que le hacen para que vuelva a la selección sea otra mentira más. Y se lo digo porque lo aprecio y lo respeto. Porque amo el fútbol por jugadores como usted. Porque desde que usted empezó a probar suerte en Millonarios y era un simple futbolista más que soñaba con alcanzar la fama en el año de 1984, yo lo sigo y lo aplaudo.
Lo he visto tener el balón en sus pies e inventarse una jugada mágica, lo he visto, como un mago con su cubilete, sacar pases maravillosos, hacer gambetas y goles imposibles para un mortal. Lo he visto triunfar en el Deportivo Cali cuando junto a Bernardo Redín hacían una dupla de maravilla. Es más, lo vi en el mundial de Italia asombrar a un público que ya lo quería y le aplaudía su valentía sobre la cancha. Déjeme decirle que usted es un valiente en un mundo cobarde, porque enfrentar los esquemas tácticos, las figuras zonales y la presión, y todas esa mentira del fútbol moderno, es ser un poeta sobre la cancha. Porque usted fue y será un soñador del fútbol que lo jugó con el alma y no con los pies.
No olvide que ahora es escaso y extraño el que hace pases perfectos a un compañero sin importar lo que el técnico diga, el que se inventa un túnel cuando la orden es defender. No olvide que sus compañeros, al no poder aplaudirlo, lo felicitan con el gol.
Usted demostró por años que el fútbol seguía siendo arte, acto humano, exploración del alma, porque usted fue el primer colombiano en triunfar en Europa, en contagiar a Montpellier, Francia, con ese talento único de poner el balón en el lugar y en el tiempo perfecto, pequeño dios, y robarse señales de agradecimiento de los hinchas propios y contrarios, que sabían que el fútbol espectáculo con usted no moría porque usted le daba alegría a lo más simple del fútbol: el hincha.
Porque cuando se fue a Valladolid, España, y la gente lo aplaudía, lo reconocía por la cancha, por la calle, uno como colombiano se sentía un poquito mejor, se sentía más orgulloso de ser latino. Cuando en USA 94 usted era comparado con los grandes uno se ponía su peluca con fe, porque como ella, usted nunca perdió su alegría.
¿Sabe? lo seguí en Barranquilla, con el Junior, y ahora sigo su fútbol en Estados Unidos, allí veo a la gente feliz porque usted es un símbolo no sólo del fútbol colombiano sino mundial, porque cuando pequeño todos nos pedimos alguna vez, en alguna cancha extraña, ser usted y tratamos de eludir a un amigo con sus fintas. Porque usted es y será el verdadero diez de la Selección Colombía, así su fútbol sea el de cuarenta millones de personas.
No quiero excederme más. Por eso, y por mil cosas que las palabras no alcanzan a decirle, quiero expresarle a usted, Carlos Valderrama, el que va a cumplir 39 años de edad, el que mereció ganar más trofeos de los que tiene, incluyendo el de mejor jugador de América en dos ocasiones, el mismo que pasó de pescadito a Wembley, que por favor NO vuelva a la selección, que no acepte hoy ni nunca más ese llamado de los técnicos y periodistas porque usted ya no juega al fútbol en un césped, porque usted -ahora y para siempre- es un habitante de ese campo que nunca termina, de ese rectángulo infinito llamado alma y cada colombiano que lo quiere y lo respeta sabe que por lo que es, lo que fue y lo que representa, ya no debe salir al campo real nunca más.
Atentamente,
Andrés Gómez V
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La felicidad y la sonrisa (2000)
La Selección Colombia ganó, pero una cosa es ganar, ser sonrisa, y otra gustar, ser felicidad. Aunque sea más fácil hablar de lo primero que de lo último. Aunque sea más fácil esconder la tristeza del alma bajo el movimiento de la máscara que dejarle a la sonrisa un breve espacio.
Colombia ganó, eso es cierto ¿pero alegró el alma? ¿Dejó algo para después de los noventa minutos? ¿Para el camino a casa? ¿Dejó algo para el recuerdo? ¿Para la vejez? ¿Para alguna tarde lluviosa junto a un café?...
La verdad es que no. Colombia no fue un equipo sólido ni en ataque ni en defensa. Cometió errores. No jugó un fútbol de pases y de toques, de alegría para la tribuna. Ganó y eso para muchos basta. Como una sonrisa en tristeza. Pero yo creo, y por eso he creído siempre en el fútbol, que el marcador es tan sólo una anécdota del juego. Porque el que fue al estadio fue a divertirse. A escapar de la monotonía. Del ritual. De la pobreza. De la soledad. Porque el que compró una boleta lo hizo para ir a una fiesta y no a un funeral. Porque el que lo vio por televisión o por radio lo hizo para alegrar la existencia y no para celebrar tres goles que, al fin y al cabo, con el tiempo pasarán. Claro, podrán decir muchos, en la eliminatorias no importa el si se juega bien o mal, sino el si se gana o no. Fútbol maquiavélico, digo yo. Fútbol triste...
Porque no puede bastar un resultado para vencer la tristeza. Para sonreír. Para seguir vivo. Debe bastar algo más: una jugada para la posteridad o el recuerdo. Un Juan Pablo Montoya alegrando de adentro el alma porque lo hace tan bien que parece irreal. ¿O acaso dentro de tres, trece, veinte años alguien se va acordar de aquel día que Colombia le ganó a Venezuela 3-0 en El Campín?. ¿Acaso mañana alguien va a volver a hablar del juego más allá del resultado?. Con seguridad no, porque lo único que hay es un marcador pero no felicidad. Entonces el fútbol es algo vano, numérico, algo que no vale la pena llevar a la posteridad. Cómo una caricia de una mujer, por más hermosa que ella sea, a la que no se ama.
Asunto triste. Asunto serio. Tres goles, cuatro, cinco no sirven si el equipo que se ama no hace nada por el espectáculo. Si no vence en el tiempo a la posteridad. El fútbol no es de números sino de pasiones. Si no todos serían hinchas del mismo equipo. Del que más ha ganado.
Es cierto, nadie paga para ver perder a su equipo. El fútbol no es sádico. Pero como sería de alegre, de hermoso, de épico, cuando primaran más en el juego los pases, las gambetas, la memoria que el mismo resultado. Cómo sería de hermoso ver salir a un equipo derrotado pero aplaudido, llevado al más allá. Alemania quedó campeona en el 74, eso dicen los resultados, pero el alma, que habla otro lenguaje, dice que Holanda fue el que le aportó al juego, al arte. Por eso, a pesar de que los alemanes se llevaron las medallas, los holandeses se llevaron los aplausos y muchos recuerdan a la Naranja Mecánica y no a los teutones.
Claro está que eso en Colombia, o cualquier otro lugar del mundo, poco importa. Nosotros, los hinchas, nos hemos vuelto númericos y no sensibles. Dependientes de resultados y no de estados del alma. Aquí y allá importa más el frío marcador que lo que quede para la memoria.
Lo único cierto es que el día de la muerte espero hacerlo con el recuerdo de una jugada hermosa, aunque sea escasa, aunque sea improductiva para otros, aunque no haya sido gol, que con el marcador mentiroso de un partido de fútbol.
Preferiré morir en felicidad y no en sonrisa. Nadie quiere ser un payaso con el alma vacía...
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Un hincha burgués (2000)
Héctor Walter Burgues representó para los hinchas de Millonarios eso. Esa imagen que cada club tiene y maneja con su propio nombre. Él llegó en 1987 como uno más de los extranjeros que a menudo jugaban en el equipo. Su físico no hacía presagiar que sería un buen arquero. Era algo grueso, algo gordo, algo pesado. Sin embargo, el día en que debutó, en un clásico ante Independiente Santa Fe, todos supieron que ese uruguayo era especial. Muy pronto, a los cinco minutos, Witinghan, delantero rojo, le lanzó un zapatazo en las cinco con cincuenta acompañado de un rumor de gol y él, el arquero algo grueso, algo gordo, algo pesado, voló como si pesara veinte kilos, tapó el disparo y sonrió. El romance comenzaba. La tribuna le brindó el primero de los miles de aplausos.
Entonces Burgues se fue convirtiendo en figura. Atajando lo inatajable, siendo el arquero antipenal, el único jugador que siempre alegraba el alma a pesar de perder 4-0 o 20-0. Al que se le perdonaba cualquier error. Al fin y al cabo, era el único que entregaba todo en cada juego, que siempre era titular indiscutible. De un momento a otro se convirtió en la estrella catorce de un equipo que solo había ganado trece.
La tribuna y él entablaron una relación especial. Los hinchas lo querían con el alma. Los cantos aparecieron. “Uruguayo...Uruguayo”. Las voces se fueron convirtiendo en algo normal, su nombre fue lugar común en los titulares de prensa, fue una repetición del infinito: “Burgues salvó a Millos”, “San Burgues” “Burgues la figura” “Burgues evitó la agonía” “Burgues el dios” y de repente de la tribuna, de la popular, de ese lugar en el estadio donde todos son santos, surgió un grito del alma cantado a todas las voces: “uruguayo, uruguayo, uruguayo sos un dios, desde que a Millos llegaste ya no le tememos al gol”.
Fue la fiesta total, la alegría, la euforia. La comunión. Cada vez que él saltaba a la cancha las miradas caían sobre él. Entraba y salía de la cancha aplaudido sin importar el resultado. Entraba y salía como lo que era: un dios.
Pero un día los dirigentes, esos ladrones que nunca han jugado al fútbol y que lo administran como una hoja de perdidas y ganancias, decidieron dejarlo ir. Cederle su pase y entregarlo a otro equipo. Más valían los dólares que se le debían, que pagarle por su amor al equipo. Más valía ahorrarse un sueldo de un dios que pagarle a diez diablos más sus salarios.
Por eso, más allá de los resultados, Millonarios empezó a perder sus partidos por autogol. Sus dirigentes acabaron con el ídolo y este terminó en un equipo chico, refugiado y tapando para pagar el colegio de sus hijos.
Claro que su recuerdo nunca acabó. La alegría de verlo en la cancha fue siempre una ilusión. Un día volvió a su cancha, tuvo que enfrentar a su equipo amado, jugar contra los que antes lo aplaudían, evitar los goles que antes celebraban, tragarse las lágrimas.
Pero lejos de ser silbado, de ser gritado, fue de nuevo aplaudido. Todo, porque un jugador insignia de un equipo, todo porque un jugador que juega en un conjunto con el alma y se funde con el, será siempre, a pesar de la camiseta que lleve, parte de la institución.
Hector Walter Burgues siempre será de Millonarios pues quienes nacen con sangre azul nunca dejan de tenerla...
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El amor nunca muere (2000)
El fútbol es como la vida. Corremos a dormirnos para alejarnos de la realidad, para inventarnos trincheras que conduzcan a laberintos y, sin embargo, no podemos cambiar más allá de ese momento el dolor que es real.
El torneo colombiano, por lo menos como excusa, como inventario de la felicidad, como dato curioso, ya acabó para nosotros los hinchas de sangre azul. Los que hoy aún creemos que todo es un mal sueño, una pesadilla llena de dolor. Un sueño que ruego fuera viceversa.
Millos no queda eliminado. Santa Fe gana el cupo a la Libertadores. América no vuelve a ganar un título y Nacional contrata jugadores extranjeros. Un sueño en el que Colombia no gana 5-0 a Argentina sino apenas 2-0 y luego no fracasa en el mundial.
Un sueño, como tantos otros, creado para evadir la realidad, para postergar el dolor de sentirse miembro de la religión de desocupados que dejaron el paraíso mucho antes que Adán y Eva. Para engañar a la realidad que dice que un hombre ajeno a uno se escapa con la mujer que uno ama.
No hay mucho más que decir cuando el balón que uno patea ya no sirve para nada, cuando todo es un verbo en pasado.
Claro que es ese dolor el que también le da esperanzas a uno. Siempre, y por más grande que sea la tristeza, hay una opción para la vida. Siempre queda el mañana. Siempre queda la posiblidad de salir en una cita a ciegas y encontrar una mujer que lo invite a uno a la esperanza. Siempre después de la derrota queda espacio en la rutina para desenmascarar la utopía. Para sonreir en el cemnterio de los muertos.
Hubiera dado casi que mi vida por ver a Millos campeón, hubiera llorado de emoción con un equipo alzando la copa ante mis ojos, hubiera puesto de testigo a mi piel erizada y hubiera entregado mi alma como ofrenda. Hubiera dado todo, es cierto, pero la mujer que amaba se fue con otro.
Por eso, desde este estadio vacío, desde este dolor de domingo en el que ya no habrá porque sufrir, le deseó la suerte a los rojos de Bogotá, a los hermanos de sangre que visten otra camiseta pero que respetan la misma ciudad.
Por ahora sólo sueño con soñar, y lo hago con los ojos bien abiertos, para poder encontrame algun día en la calle, con una mujer que me invite a la alegría, como esa desconocida que a veces siento que deambula por mi mente.
Como una posdata sólo quiero decir gracias millos, mi millos, por este año. Gracias por brindarme los mejores domingos, por ilusionarme, por tenderme la mano. Ya vendrán mejores épocas, ya vendrán otros momentos para celebrar. Por ahora sólo queda recordar que es la hinchada la que te hace grande y no los dirigentes cobardes que de FRANCOS no tienen nada. Ellos, en realidad, son los que desilucionan. Ellos son la mujer amada en pasado. La que traiciona y no deja de traicionar.
Porque como hinchas seremos fieles, porque hemos muerto de amor, pero sabiendo (como dice Fobia) que el amor nunca muere...
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Sangre azul (2000)
Cuando el balón rueda por última vez, cuando el hombre de negro alza las manos y señala el fin del partido, cuando el marcador es adverso, cuando la campaña no es la mejor, es cuando se conoce al hincha de verdad.
Entonces es que el fanático deja su piel sobre la cancha y el cemento y abandona el ritual en el que se ha embarcado. Hincha, es el que va al estadio, el que llora con un gol, el que se enloquece con un túnel. El otro, el que lo ve por televisión, el que lo lee al otro día en la comodidad de su casa, es apenas un mortal. Un traicionero que preferiría mil veces ver las fotos de la Capilla Sixtina que sentir su olor.
Cada cual inventa el paraiso como quiere. Lo cierto es que es en la derrota cuando se conoce el alma. Hay hinchas que salen puteando a su equipo, maldiciendo su suerte, su maldita suerte y prometiéndose que no volveran al estadio. Hay además los otros hinchas, los que salen adoloridos, como si fuera un montón de huesos, un ataúd de dolores, un florero de cenizas, pero sabiendo que el próximo domingo estarán allá en primera fila, por encima de la novia, de la mujer, de la tristeza, porque saben que su equipo cuenta con ellos, como una soga cuenta con la garganta.
Yo, la verdad, soy de la segunda clase de hincha, de esa rara y extraña fanaticada fiel que extraña el fútbol entre semana, que sueña con balones y que de poder dormir con guayos y la camiseta amada lo haría. Yo soy un enfermo del fútbol, un enfermo de sangre azul que sabe que el fútbol es el principio y el fin de la existencia. Cada vez que mi equipo pierde, yo pierdo por dentro. Se me derumba el alma, pero siempre, siempre, encuentro en el próximo partido la opción de cobrar revancha.
Yo voy al estadio así llueva, así el cielo presente una negra premonición, así nadie mas vaya y sólo mi soledad y yo griten los goles. Voy sin compañía, pues el fútbol es un ritual solitario.
Los once jugadores que me representan, saben que me inventan, que me sueñan, que estoy ahí porque no los puedo traicionar, porque más que a ellos amó a mi equipo y se que ellos jugarán un partido y se podrán ir pero que mi equipo existirá por siempre.
Por eso, por mil cosas más, soy adicto al fútbol. Un adicto lleno de rituales que comienzan en el momento mismo en que termina el partido. Es ahí cuando empiezo a sufrir, a contar los días y las horas para saber que de nuevo pisaré un estadio. Ahí, con el pitazo final empieza mi prisión. Mi absurdo: una semana entera amarrado a los periódicos, a las noticias, a la radio, una semana entera esperando la esperanza, soñando el momento de ver a los once dioses tomarse la curva norte del estadio y salir. Una semana a la espera del momento mágico en que la pólvora, la serpentina, las luces de bengala, las banderas, los gritos, el alma, vuelvan a la cancha.
Por eso, y para batir mis fantasmas, para huírles, es que cada semana escribo de fútbol. Lo hago porque es entonces que usted, lector, y yo, escritor, somos cómplices, somos todo, y así logro esquivar el dolor de saber que sólo hasta el domingo mi equipo, el de sangre azul, volverá a hacerme feliz más allá del resultado. Volvera a invadir su alma con la mía.
Publicado en Calle22
A vuestra merced majestad (2000)
Todo, porque el fútbol ha sido desde entonces la religión en la que he creído y Diego mi pequeño dios. El mismo que está sentado a la derecha del padre, y que no deja de sorprenderme a pesar de los años que han pasado desde el primer momento en que lo ví jugar hasta hoy.
Con él crecí y adoré un deporte que lo hacía omnipotente y omnipresente. Siempre estaba en el lugar preciso, para hacer la jugada perfecta. Siempre estaba en los aplausos, en los diarios, en la alegría y la tristeza. Parecía, y aún lo hace, un ángel y un demonio.
Yo no vi jugar a Pelé en directo, no lo vi eludir rivales e inventar el fútbol. Vi, eso sí, sus goles en la televisión, y lo vi con los ojos de un niño al que le presentan el paraíso a lo cinco años. Trate de mirarlos objetivamente, detalladamente, para ver que era lo que hacía ese jugador del que todos hablaban. Al final yo también hablé de él. Lo aplaudí en la distancia del tiempo cuando entendí todo lo que hizo, como contra Suecia con ese doble sombrerito que acomodó al palo, con apenas 18 años. De él recuerdo su rostro sonriente lleno de felicidad brincando en el aire, con su camiseta amarilla y la copa en sus manos. De él recuerdo tantas palabras que todos dicen, tanta facilidad para jugar un fútbol hermoso.
A Pelé lo recuerdo, pero no lo siento.
En cambio a Deigo, a Maradona, no sólo lo recuerdo sino que lo siento. Lo quiero, lo llevó como si hubiera jugado conmigo. Cómo si en todos esos partidos de infancia uno hubiera querido ser cómo el y eludir rivales y problemas con una gambeta.
Cuando Pelé se retiró del fútbol yo aún no había venido al mundo, en cambio cuando Maradona se retiró del mismo, o lo retiraron, yo ya había pataeado tantos balones intentando imitarlo que no sólo me dolían los pies, sino el alma de saber que nunca saldría una tarde a un estadio repleto y me aplaudirían.
No creo que Maradona hubiera sido mejor jugador que Pelé. Siempre he creído que el negro de Tres Corazones, dónde nació en Brasil, fue un genio, un caballero y un señor. Su único defecto fue ser demasiado perfecto para ser real.
El pelusa sucumbió, conoció la oscuridad y la luz, conoció el dolor de la tristeza y el fracaso del éxito. Maradona fue todo: santo, genio y caballero. Malandrín, demonio y loco. Diego, a diferencia de Pelé, fue humano.
Por eso ahora, que apenas acaba de publicar su biografía, sus palabras, uno sólo puede sonreir, entregarse a la alegría, a la admiración, a la lectura y ponerse de pie y recordarlo y tratar de escribir para él, con él y hacia él.
Evocarlo saltando contra Peter Shilton y batiéndolo; dejando siete ingleses en el piso; vestido con la diez de boca cuando era aún Pibe; vestido con la diez de pibe cuando estaba en la boca de todos. Verlo puteando a los italianos en la final, verlo alzando la copa en México 86 o gritando un gol en USA 94. Verlo orinando dolor y muerte.
Uno apenas puede ver a Diego como lo que fue y será siempre: un ser humano en potencia. Un dios lleno de defectos. Disparando a los periodistas en su casa, metiendo con su amigo Coppola, llevado drogas y dejándose llevar por ellas. Diego manicomio. Diego drogadicto. Diego acabado. Diego maestro.
A Diego, para ser sincero yo lo quiero, y lo quiero como se quiere a la familia. Sabiendo que no es perfecta, que se pelea, que el hermano comete erorres, pero igual sabiendo que se le quiere por encima de todo, por humano, por genio y por dios.
Diego Maradona, el diez del futbol mundial, el jugador que yo vi hacer la veintiuna con una naranja en un partido en El Campín, cuando alguien se la tiró para provocarlo, el mismo que aplaudió de pie a Colombia en el Monumental ese 5 de septiembre, ese Diego es el que quiero y respaldo. Ese Diego que me alegra con sus palabras, con sus gambetas, con su valentía para decir las cosas.
A Maradona, a Dieguito, al pelusa, le dedicó estas palabras, que no serán jamás como un gol suyo, como una gambeta en las cinco con cincuenta con engache al infinito, pero que bastarán, como un gol en el último minuto, para que él sepa, en medio de tantas palabras que cada día le llegan, que en Colombia, país sin monarquía, él, Diego, es el único que será siempre el rey de reyes.
El Maradona ángel y demonio que enloqueció a un continente jugando al fútbol y que de yo haber sido menos cobarde y más valiente a los cinco años hubiera rezado primero un Maradona nuestro que tanta oración que me sé pero que no me hizo miembro de la religión.
A vuestra merced majestad...
Publicada en Calle22
En defensa de la fidelidad (2000)
No hay plata, poder humano, guerra, campaña, técnico, fracaso que haga cambiar a un hincha de verdad el amor que siente por su camiseta. La sangre se negocia pero el equipo no. La vida se pone en duda. Suicidas en potencia, pero el fútbol no. De él no se blasfema, no se hacen burlas. Es sagrado. Es fidelidad y entrega. Es parte esencial de la vida.
Siempre se debe desconfiar de ese individuo que no lo juega, que lo odia, que lo mira con rencor y que asegura orgulloso que no le interesa. Ese hombre, así sea Jorge Luis Borges o tanto otro intelectual, es un ser humano sospechoso. Un anarquista. Un demente. Odiar al fútbol es síntoma de enfermedad. De odio a la humanidad. Nadie con un poco de locura, de paraíso y de infierno, nadie con un dolor en la cabeza, con una vida común y corriente, con un trabajo de seis a seis y una fábrica en la vida, puede no emocionarse con el recorrido hermoso de un balón al área de gol.
Nadie puede no ser feliz cuando un desconocido, cuando un transeúnte de la existencia, toma un balón en sus pies, se acerca a otro desconocido, dribla al arquero y emboca un buen gol. Nadie no puede alegrarse con la felicidad ajena de celebrar una anotación en el que uno no tiene parte.
Cómo cuando se va por la calle, por la avenida, por la rutina y de repente, sin anuncio, sin tocar a la puerta, sin estirar la mano, aparece un partido de anónimos, de obreros, de niños y la vida lo detiene a uno un segundo para verlos jugar. Cuántas veces la envidia no lo asalta a uno mientras va al trabajo o a el estudio, y ve a alguien con un balón pateando a la felicidad que lo invita a uno, pero la vida no lo deja.
La mayor alegría posible es sin duda jugar al fútbol. Ya sea como hincha o como parte de un equipo. Sentir el balón en los pies, en el alma, no es comparable ni con un buen sexo. Ver ganar al equipo del alma con un estadio lleno paga mil derrotas. Uno allí como parte de la masa, del todo, del universo de cemento. Uno allí en un rincón de asfalto, en un laberinto de gradas, contagiándose de un sólo y sincero amor.
Esa es la hermosura del fútbol. Ese es el salvavidas que lanza cuando el agua ya bordea la garganta. Y eso que a veces desilusiona, que a veces fracasa, que a veces produce lamento.
Por eso y por mil razones más uno no se cansa de seguir por los estadios, por las calles, por los parques a los equipos. Por eso uno no cambia de camiseta. El fútbol confirma lo que el hombre y la mujer no han podido hacer nunca, y es que la fidelidad si existe. Entonces cuando ya se ha encontrado el amor no hay ojos sinceros para otras, ni cafés ni camas que inviten a otra religión.
El fútbol es la trinchera en la que el hombre se resguarda. Y el equipo del que uno se hace hincha es el predicador al que uno sigue, aunque a veces el tren parta con la ilusión y coja otra camino, aunque el suicida decida botarse al vació y acabe con la esperanza de vida. Aunque a veces la lágrima abandone el rostro...
Publicado en calle22
Corazón valiente (2006)
Siempre me ha molestado el hincha que se sube al bus de la victoria pero se baja cuando viene la tristeza. El hincha resultadista que desempolva la camisa, se maquilla el cuerpo, y grita orgulloso su pertenencia al club cuando se está clasificado o cuando las posibilidades son ciertas, pero que cuando el equipo lo necesita, de verdad lo necesita, no está allí.
El hincha que cree que el equipo se lleva en una camiseta y no en el alma. El que cree que el amor es una cuestión que se puede entregar a plazos y no un acto que se debe reafirmar a diario.
Hincha es un estado especial del alma. Es sentir en la piel que se pertenece a un equipo, es haber estado en los momentos de gloria, pero sobre todo, en los de tristeza. Es haber ido al estadio y haberse aguantado una derrota infame y, sin embargo, ahí si sacar la camisa y la bandera, ahí si gritar que se es hincha y mostrase orgulloso. Ser visible cuando todos los otros quieren esconderse.
Me molestan los mal llamados hinchas, personas comunes, que putean a sus jugadores, que no le dan su apoyo, que se pasan todo el partido gritando en contra de ellos, que hace años no van al estadio y, sin embargo, critican; seres que son en lo colectivo pero no en lo individual.
Me molestan porque los he visto a diario, entre mis amigos y cercanos, entre desconocidos en las calles, entre los que a veces van al estadio, disfrazados de hinchas.
Me molestan, en especial, los que madrean a un jugador y luego cuando hace un gol, o llegan a la gloria, corean su nombre, y me molesta más los que nunca van al estadio, ni oyen un partido, ni se saben los nombres y posiciones de los jugadores, pero que cuando el equipo está ganando, (porque lo leen un día en la prensa) deciden entonces comprar boleta, gritar orgullosos su orgullo, y ser por unos días hinchas numero uno.
Aunque en la temporada siguiente, o incluso en el juego del domingo siguiente, si el resultado no es fabuloso, se retiren de nuevo a sus cuarteles de invierno y dejen que la camisa se llene de moho.
Seguidores, que escogen partidos, que preguntan contra quién es o - como si eso fuera un factor relevante-, que creen que amar a un equipo es una cuestión sólo de dinero y no un acto de vida.
Escribo todo esto, mientras pienso en cuántos hinchas -de verdad- tienen los equipos en Colombia. Cuántos hinchas de años y no de temporadas o de partidos tienen los grandes equipos.
La verdad, y para ser sincero, la respuesta que me da me indica que no son tantos como se creen.
Los de Millonarios somos de 8.000 a 10.000, los que van siempre al estadio, los que han soportado 18 años sin triunfos y sin embargo aman al equipo, los que nunca lo han visto campeón y a pesar de todo se sienten parte de la historia, los que los hemos visto ganar títulos y a pesar de los malos años no abandonamos el barco ni la fe.
Incluyo aquí, como hinchas-hinchas, a las barras, fieles de verdad, a los de las trompetas, a muchos comandos, a muchos anónimos, pero sobre todo a esos hombres de 50 años para arriba que cada partido van al estadio y uno siente que ganan vida con un triunfo o lo pierden un poco con la derrota.
Para mi, hincha es el que representa esa incondicionalidad en todo momento: el que sabe que el fútbol es la vida. El que no le importa nada más que estar presente en el estadio, y se emociona cuando ve a su equipo; el mismo que cuando se va perdiendo grita, pero para apoyar, para incentivar la remontada, no para buscar culpables; el que aplaude a los que sienten la camiseta, así no sea talentoso; el que grita igual la salida, el entretiempo o el final sin importar el marcador; el que lleva al equipo en sus pensamientos día a día.
Hincha, en el fondo, es un privilegiado que sabe que su único y verdadero amor, eterno, es ese equipo de fútbol por el cual cambiaría muchas cosas tan solo por verlo, un instante, campeón, y que a pesar de saber que de pronto eso no se va a dar, lo sigue con igual o más emoción.
Sin bustos no hay paraíso (2007)
No creo que tengamos un equipo increíble, ni invencible. No creo que por haberle ganado a Argentina seamos superiores. Tampoco creo que cuando alguien (Perú-Ecuador-Paraguay, o cualquier otro) nos gane, tengamos un pésimo equipo y seamos menos.
Creo que tenemos lo que somos. La selección es un reflejo de lo que pasa a diario con el país. Ante la incredulidad triunfamos. Ante el exceso de triunfalismo fracasamos. Somos un país de aguas tintas, un día elocuente y otro mudo. Un día lleno de pasión y otro de tristeza. Somos, en el fondo, un país adolescente con una selección igual. Estamos creciendo, pero aun nos falta madurar.
Eso se ve a diario, cuando solemos crear, en medio de la euforia, héroes de una tarde y luego condenarlos, ante la derrota, al olvido. Solemos creer que el marcador es la realidad, cuando este suele ser apenas una anécdota de los partidos. Un resultados numérico que no necesariamente refleja lo que pasó en el campo.
Claro, que para estas eliminatorias lo que importa es el marcador y allí, por ahora estamos en camino. Llevamos ochos puntos, hemos iniciado el recorrido y vamos francamente mejor que en las ocasiones anteriores. Pero aun no hemos ganado nada. No podemos dejar que ese triunfalismo nos lleve al fracaso. No podemos dejar que la emoción nos cegué. Por el contrario. Aun recuerdo el 5-0 del 93. Aun recuerdo como ese triunfo marcó el inicio de la debacle del país futbolero.
Creímos que por haber ganado un juego, que por haber sacado un buen marcador –irrepetible y fortuito- éramos los mejores del mundo. A veces las anécdotas nos hacen olvidar la realidad.
En esta eliminatoria hay que ser claros, vamos bien, pero aun es muy temprano para celebrar. Nos falta gol, aunque nos sobran ganas. Lo único que hemos ganado es en el fondo confianza y esa, bien manejada, puede ser decisiva, pero mal manejada puede ser fatal.
Por ahora tenemos ilusión, posibilidad y eso basta. Me gusta Pinto, y creo que Colombia pinta bien con él. Me gusta porque es terco, porque está convencido de su sapiencia, porque no oye a los comentaristas, ni a los hinchas. Porque en su interior sabe que gane o pierda lo hará con la de él.
Mi llamado es a que como hinchas no endiosemos a la selección. Hay que guardar el salero. Hay que mirar a la selección en su tamaño real. No somos príncipes ni mendigos, somos apenas un equipo con ocho puntos en la tabla, en el cuarto puesto, con una ilusión que se puede acrecentar.
Un equipo que tiene posibilidad pero que no se puede basar en la anécdota sino en lo real. El paraíso aún está lejos…
PD. Hay algo más mediocre que el grito de ¡Si se puede!.
Barras Bravas (2007)
Seguidores de una misma religión matándose en nombre del credo por una camisa diferente. Fieles convencidos llenos de rabia y de mala pasión. Ser hincha de fútbol, se ha convertido tristemente, en un blanco de guerra.
El caso de Argentina, donde la muerte encontró al barrabrava del River Plate a manos de otro hincha gallina, no demuestra sino la torpeza a la que hemos llegado. El fútbol es un juego. No es la vida, aunque su ejercicio sirve de metáfora.
Pero en Colombia no se debe mirar ese tema con distancia. Como si no pasara acá. Acá pasa lo mismo. En los últimos años he leído cada vez más casos de hinchas muertos, apuñalados, involucrados en peleas, todo por defender, supuestamente, su religión.
El espectáculo del año pasado de los Comandos y los Blue Rain, solo demuestra que hincha no puede ser cualquiera. Amar a un equipo no es agarrarse a golpes por él. El amor es otra cosa.
La semana pasada fue un hincha de Nacional, hace unos meses uno de América, hace unos años uno de Santa Fe. La muerte no entiende de campañas, ni de historia, ni nada de esa mentira con la que defendemos erróneamente nuestra pasión.
Hay un antiguo adagio árabe que dice que al final del juego de ajedrez, tanto el peón como el rey descansan en la misma caja. La muerte no tiene distingo de afición, de raza social, ni mucho menos de equipo de fútbol. Para ella no hay líderes ni coleros, campeones o debutantes. En la muerte lo único que hay es democracia. Lo malo, es que no hay vuelta atrás.
Me alegra mucho ver la alegría de las llamadas barras bravas. Su compromiso con el equipo, su creatividad para llenar un estadio de papeles y banderas, su alegría para saltar y gritar en contra de la lluvia, de las campañas, de los mismos dirigentes. No estoy en contra de ellos, ni más faltaba.
Me alegra verlos corear los nombres de sus ídolos, llevar tatuada en la piel su creencia religiosa. Me alegra y me emociona verlos llorar y sonreír por su equipo. Pero me duele, verlos matándose unos a otros por ser de otro equipo, o en el peor de los casos, por ser del mismo, pero estar ubicado en otro lugar. No hay un acto de violencia que valga la pena, y menos en nombre de una afición.
Hay otros miles de hinchas, seguidores tan o más apasionados y creyentes que las barras bravas, que se ubican en otra tribuna, que llevan sus banderas y pancartas, que sufren y lloran en silencio, y no por eso tienen menos fe o menos creencia en la religión. Ellos, para mí, son tan hinchas como los llamados barras bravas, ellos aman al equipo tanto o igual, pero la diferencia, la gran diferencia está en que no se matan.
Se, que no se puede generalizar, que hay barras bravas nobles, sanas, tranquilas. Pero como siempre, ahora parecen la excepción. Creo que es hora de ponerle verdadera atención a tema.
Es hora de que los dirigentes de los equipos sean claros con las barras bravas, creen políticas para ellas, códigos de colaboración, se preocupen por ellas, y no vivan atemorizadas o buscando complacerlas. Es hora que haya políticas claras de lo que es aceptable y de lo que no es. Si
financiarlas es provocarlas para las peleas, hay que acabar con eso. De tajo. Sin lugar al rubor.
El futbol es de los hinchas, y por eso mismo, los equipos deben preocuparse, invertir, en que sus hinchas no trasgredan las normas. Es un trabajo de todos: medios de comunicación, autoridades, otras barras, dirigentes, pero sobre un trabajo que hay que empezar a hacer.
Los límites siempre deben ser claros. Si es necesario, que se judicialice a las personas, que se les impida la entrada al estadio, que se castigue a los dirigentes que las apoyan, que las corrompen.
Todo abismo empieza en tierra propia.
Alguna vez leí una historia de una hincha de Boca que estando en un estado avanzado de una penosa enfermedad, llamó a su familia y justo antes de morir pidió su último deseo: quería ser hincha de River. Todo, por una simple razón, prefería que muriera uno de ellos, de River, y no uno de Boca.
La historia me impactó, porque era una metáfora; porque una buena historia literaria. Pero ahora, lastimosamente, creo que la ficción ha derrotado por nocaut a la realidad, y que hay quienes aun no entienden el significado.
Hay que ser hincha, hay que amar al equipo, hay que estar con él en las buenas y malas, pero hay que tener por encima de todo conciencia. No nos podemos matar entre unos y otros, no nos podemos matar si al fin y al cabo todos fuimos bautizados en la misma religión y todo creemos en un solo dios: el gol.
Que lo que el futbol ha unido, no lo separa la torpeza le hombre…
¿Cucutá somos todos? (2007)
Si uno ama de verdad a un equipo no puede ser hincha de otro. Puede sonreír con un triunfo ajeno, pero no alegrarse de fondo. A mí me gusta que el Cucutá gane, represente a Colombia, derrote a argentinos, brasileros y uruguayos, pero eso no quiere decir que yo sea hincha del equipo rojinegro ni que pueda llegar a serlo.
Mi corazón hace tiempo tiene entregado su amor a otro equipo y por eso, estoy impedido. En el fondo, lo que uno siente es envidia, y si quiso en algún momento que el Cúcuta o el Once Caldas, o cualquier otro ganará una Copa, lo hizo por motivos maquiavélicos, para quitarle a un rival de patio – o de la vida- la hegemonía, para que en el pedestal no estuviera solo uno, para demostrarse que se puede.
Igual que cuando quiso que otros la perdieran, no llegaran a la final, no pasaran...
Pero resulta que ahora en la calle, en el trabajo, en las esquinas, uno oye miles que se autoproclaman hinchas del Cucutá, y se dan un título que sólo pocos se merecen. Ahora resulta que se nos pide a todos que seamos del Cucutá.
No se puede ser hincha de un momento a otro de un equipo tan sólo porque este gana o va ganando una copa, un torneo, una ronda. No se puede ser hincha si no se llevan tatuajes en el alma y cicatrices de guerra. El hincha es por encima de todo, un ser incondicional para quienes los marcadores y las posiciones son apenas una anécdota de los partidos.
Un hincha no se hace de un día a otro, porque para graduarse de verdad, hay que haber entregado las mejores tarde de domingo por un equipo al que se ama.
Para mí, hincha del Cucutá, hincha de verdad, fue aquel que por años asistió al semidestruido General Santander a ver los juegos en la B; el mismo que se indignó con Pachón y sus secuaces, pero que igual siguió al equipo; el que aguantó con estoicismo los años de burla cuando el Cucutá no daba ni para motilón; el mismo que se ponían la camiseta cuando todos los otros la escondían.
En fin, el que lloró el descenso pero se prometió acompañar al equipo hasta subir.
Los otros, son apenas borrachos con guayabo en medio de un carnaval de delirio.
Yo no sé la suerte del Cucutá, pero lo que si sé, es que el Cucutá no somos todos. Yo no puedo tener más de un amor. Yo no puedo seguir en una sola religión a dos dioses diferentes. Mi alma no admite esa clase de divisiones.
Otra cosa, es que siga sus partidos, como quien va a ver una buena película, otra cosa es que admire sus jugadores y su forma de jugar, otra cosa es que quiera que mi equipo algún día llegue – o vuelva a llegar- a una instancia final.
Yo soy fanático del fútbol, pero sobre todo soy hincha de sangre azul, y aunque puedo ver varios partidos al día, aunque puedo sonreír con un gol, aunque me puedo alegrar con el Cúcuta casi campeón, o con mi selección, la verdad mi única y verdadera emoción es seguir a mi equipo.
Sólo con él me emociono de verdad, sólo con él siento que el fútbol es un ritual. Sólo con él me siento un hincha de verdad verdad…
El perseguidor, Juan Carlos Osorio (2006)
En diferentes épocas, varías entrenadores han transformado nuestro fútbol para bien y para mal. Han dejado huella o han hecho escuela. Zubeldía y Maturana por ejemplo, o Gabriel Ochoa y Cubillas, por citar algunos, plasmaron sobre las canchas de juego lo que gambeteaban en su cabeza.
El fútbol es el reflejo de la sociedad, de sus limitaciones y sus paraísos. De sus capacidades y de sus limitaciones. Se es como se juega, y mucho más cuando el técnico tiene una formación fuerte y un carácter que transmite a sus jugadores.
El debate sobre la influencia de los técnicos en el equipo, se puede resumir a la importancia que tiene un director de orquesta frente a sus músicos. Basta con ver una sinfónica y compararla con un grupo de profesionales que se reúnen a tocar sin quien los dirija. El que lleva la batuta, lleva los ritmos, lleva la armonía, lleva en su cabeza el flujo de lo que luego y en conjunto será música.
Por eso me alegre tanto cuando en los últimos días he oído, leído y mirado las entrevistas que los diferentes medios le han hecho a Juan Carlos Osorio, uno de eso tantos colombianos anónimos, que sin embargo han hecho una carrera en el exterior.
Un profesional preparado, capacitado, estudiado. No se si Osorio va a triunfar en el medio. No sé si su preparación y talento le alcanzaran para manejar a un equipo difícil como Millonarios. No se si su estilo se adapte a nuestro realismo mágico. Pero en realidad le deseo la mejor de las suertes por una simple y sencilla razón, porque en lo poco que ha dicho en los medios ha demostrado que es una persona inteligente, correcta, no contaminada aun con los lugares comunes de nuestro fútbol.
Su discurso, entendido como la elaboración de ideas, no está construido sobre lo mismo de siempre. Sus planteamientos son novedosos para un país como el nuestro. Su visión del juego, sus teorías sobre el fútbol, lo hacen interesante para un fútbol momificado.
Osorio trae un aire de cambio, una nueva forma de entender un juego en el que algunos dicen que ya todo esta inventado. Un juego en el que todo, como en el poema de Florez, nos ha llegado tarde.
Por eso le deseo desde acá la mejor de la suerte, porque creo que nos hacia falta alguien que nos pusiera a pensar de nuevo en el juego, a esperar una sorpresa en la cancha el domingo. Alguien que modernizara, o por lo menos intentara modernizar, nuestro deporte.
Osorio, además, me ha parecido humilde. Correcto. No pretensioso. Como uno de esos tantos colombianos que se fue a hacer carrera en el exterior, y al que el llamado de su país, regresa presuroso, porque está convencido que los grandes cambios viene precisamente de observar entornos diferentes e intentar adaptarlos a otra realidad.
Ojala Osorio triunfe, y no sólo porque dirige a Millonarios, sino además porque eso demostraría que estudiar, prepararse, asumir retos y riesgos, pero sobre todo ser inteligente, es una diferencia en un mundo de anónimos. Una diferencia básica que todos: periodistas, futbolistas, técnicos, deberíamos tener en cuenta…
Mi ritual (2006)
Cambio de dial si el equipo va perdiendo, uso la misma camisa en la fecha siguiente si mi equipo gana, le bajo el volumen a la televisión si el narrador de turno me trae malos recuerdos, me cambio de puesto si el marcador es adverso.
Incluso, parqueo en un lugar diferente si la fecha anterior salí bajo la tristeza de la derrota. Ese ritual no lo cambio. Igual que ir solo al estadio. No me gusta la compañía en las gradas de mis amigos. No me gusta comentar con la gente el partido mientras en la cancha se desmoronan mis jugadores o mientras se unen en júbilo. A fútbol, creo, se debe ir solo y en silencio, aunque se grite con el alma.
Son 90 minutos de comunión interna con el equipo que se ama. Noventa minutos en los que se debe apoyar, aplaudir, pero nunca, nunca, putear, madrear o insultar a quien representa en su camisa el alma. Eso es tal vez lo que más me molesta de los otros hinchas, de algunos hinchas. Personas que confunden el amor con el odio.
Hinchas, mal llamados, que ante la primera ruina, ante el primer gol en contra, la emprenden contra los jugadores y contra su equipo. Suicidas ilógicos.
Por eso, siempre que veo eso en el estadio me pregunto el para qué van al estadio, el por qué de ese odio a quien supuestamente aman. El fútbol y el estadio son lugares de escape, pero no deben ser prisiones. Si ir al estadio no le da felicidad, si el amor por el equipo depende de un resultado y no de una actitud, entonces creo que ama el equipo y el deporte equivocado.
Entiendo la rabia, el dolor, la humillación, pero en el estadio y ante el equipo, no es el momento de explorar los límites de la rabia. Ese es un ritual que no comparto. Que no respeto.
Mi ritual se resume en una frase: apoyar al equipo siempre, pero sobre todo cuando se está en la mala. Apoyar, aunque uno se tenga que mojar, aunque las filas para entrar sean cada vez más aburridas, aunque los precios sean cada vez más caros. Nadie duda que es más cómodo ver el fútbol por televisión, pero así mismo es menos emocionante, por decir lo mínimo. Amar a la distancia es fingir el amor.
Yo, a pesar de tener 30, llevo casi 25 años yendo a fútbol desde que mi papá me bautizo. Llevo más de 20 años continuos esperando cada domingo con la fe de un cristiano para ir a la iglesia de la 57. Llevo más de media vida amando el fútbol con razón…
Por eso, hoy le rindo homenaje a mi ritual, a mi forma de ver el mundo, a la explicación que encuentro en la cancha. No creo que haya mayor felicidad que salir de un estadio con el equipo ganando, pero sobre todo jugando bien. No importa el rival, no importa el otro equipo, no importa el resultado, porque el otro no existe ni interesa cuando el amor es por el de uno.
Cada domingo, mis amigos, mi novia, me preguntan el rival de mi equipo y yo siempre, como parte del mismo ritual le contesto que no sé y que no me importa. Yo no voy a fútbol escogiendo partido, yo no voy a fútbol por el rival, yo voy por que amo a mi equipo.
Ojalá, eso si, ese ritual me dure muchos años, ojalá la muerte me alcance de viejo en un estadio, y pase como una sombra de un delantero ante un defensa torpe. Ese sería la mejor manera de acabar esta rutina, gritando un gol de campeonato y viendo desde los cielos la vuelta olímpica.
Dejando en el estadio para siempre mi cuerpo, mientras mi alma se sienta en platea para hacer que todos los días sean domingo…
El fútbol, esa palabra (2006)
Un amor que casi siempre gana por nocaut, y que cuando no lo hace, arrolla por puntos. Un amor que renuevo cada domingo, al caer la tarde, que revivo con cada rumor de gol, que llevo en el alma, como si allí, cerca al corazón, tuviera un estadio propio.
Hoy se que ese amor genético que papá me inculcó, y que espero se transmita a mis hijos, me ha transformado la forma de entender el mundo. Para mí siempre hay revancha de una tarde gris, siempre hay opción de revertir un marcador adverso, de ser un héroe en un campo anónimo, de ser feliz con un balón y un par de amigos. El fútbol me convirtió en la fe de la vida y me ha hecho, sin duda, más feliz.
Por eso soy un seguidor fiel de su religión de domingo; un afortunado que vive, sueña y respira goles cada fin de semana; que entiende y explica la vida con metáforas del balón; que cree en la solidaridad porque he visto, muchas veces, abrazos de apoyo tras un penalti desperdiciado. Un privilegiado, que entiende que detrás del balón está reflejado lo mejor del ser humano, su talento, su creatividad, su inteligencia...
El fútbol, además, no sólo me ha enseñado a creer en los milagros,-partidos 1-0 que cambian a 2-1 en apenas tres minutos- sino además a mitigar la tristeza con ilusión. No de otra forma se entiende el cómo, y el por qué, después de una goleada, con el rostro lleno de lágrimas, uno insiste en volver al domingo siguiente al estadio, y lo hace con la fe intacta.
El fútbol no es para mí un juego. Un acto trivial. Aceptar eso seria no darle la trascendencia que se merece. Sería ignorar la importancia que tiene, y olvidar que el análisis sociológico que de allí se saca, explica el mundo. El fútbol es en el fondo, la mejor representación de lo mágico y lo ridículo, de lo fastuosos y de lo hermoso, de lo tangible y lo risible, de lo extraño y de lo maravilloso.
Por eso, y por mil razones más, que sólo entienden aquellos que lo llevan –como yo- en el alma, el fútbol ha sido mi compañero de vida, mi amigo, mi confidente, mi primer amor. Un deporte que sé que siempre estará, -al igual que mi familia- porque no defrauda, no olvida, no engaña. Por eso, amo el juego más allá del marcador, amó su estética, su táctica y su técnica, y me declaro hincha a morir de aquellos que con una jugada, con un acto de creatividad, pagan la boleta y se roban el aplauso.
Soy hincha del fútbol porque en el veo reflejada la ilusión, porque se que ningún ser humano es igual después de haber enviado el balón al fondo de la red y haber gritado su primer gol con el alma.
En fin, amo el fútbol porque en el, y en el equipo que sigo, esta inmersa la mejor posibilidad de estar en un paraíso. Por eso hoy, mientras en muchos lugares del mundo rueda un balón, le rindo homenaje, con palabras, ante la imposibilidad de hacerlo bien con los pies, sabiendo que el fútbol no sólo es mi primer amor, sino además, y al mejor estilo cortaziano, esa palabra…
PUBLICADO EN LA REVISTA CAPITAL CLUB
Colombia 86 (2006)
Yo tenía entonces diez años y no entendía la importancia del fútbol más allá de reunirme con mis amigos y jugar al balón hasta que la noche llegara. Mi única preocupación, más allá de anotar en metegol tapa, era terminar rompiendo los jeans y aguantarme el regaño de mamá.
Pero ahora, con unos años de más, sin talento y sin posibilidad para jugar al balón más allá de un fin de semana, lamento mucho que Colombia no hubiera sido sede del Mundial de 1986, y que el rumor del fútbol mundial en los estadios, en nuestros estadios, se hubiera escapado para siempre.
Ya, la verdad, no me interesa saber las formas, ni los cómo, ni los cuándo, ni la fecha exacta en la que renunciamos al mundial. Ya no me interesan las excusas de entonces, -plata para hospitales, clínicas, educación, etc-, porque hace tiempo sé que esa plata que iba para el fútbol, igual se la iban a terminar robando.
Lo que de verdad me duele, lo que de verdad me perturba, como cuando uno bota el penalti decisivo, es que el país no sólo no la invirtió sino que además esa opción ya nunca más volverá.
Nos quedamos sin la magia de Platiní, de Sócrates, de Maradona, de Pfaff, de Lineker en vivo y en directo… nos quedamos sin la posibilidad de crecer culturalmente al haber recibido cientos de visitantes y miles de gritos de gol. Nos quedamos sin saber que era organizar el mayor evento del mundo y como se vivía, en carne propia, la felicidad. Ya no hay balón “Adidas Cafeterito”, ni un jugador campeón mundial enamorado de este paraíso; ya no hay fotos que prueben que el paraíso era una verdad. Ya no hay album panani contando datos sobre Colombia.
Ya se que algunos podrán contar, y con humor, la historia de un mundial en Colombia entre robos y traquetos, entre subdesarrollo y demás, pero para mi, el país entró en el subdesarrollo, en el verdadero hueco, precisamente porque no fuimos capaces de asumir una opción de titularidad. Nos quedamos en el calentamiento, viendo a otros jugar, consentir, llevar el balón.
Yo, la verdad, creo que el mundial hubiera cambiado, y para bien, a Colombia. El fútbol cambia la forma en que se mira el mundo. En que se entiende. Da, en cada jugada, una respuesta a una pregunta no hecha. Si en El Campín, el Romelio Martínez, el Atanasio Girardot, el General Santander o en cualquier estadio, Maradona hubiera hecho el gol que le hizo a los ingleses, yo estoy seguro que esas personas que hubieran visto en vivo y en directo el gol, no serían nunca lo que hoy son.
El fútbol les hubiera cambiado para siempre la óptica, los hubiera acercado a la poesía, a creer en lo imposible, a ser testigos de un milagro que empezó en mitad de cancha, y que terminó, para siempre, con la solidaridad del fútbol.
Después de ver eso, en carne propia, yo y creo que todos, hubiéramos creído que lo imposible podía ser una realidad.
Mi juego favorito en la infancia después de un partido, era el mundialito. Uno se pedía un país y un jugador y se creía el cuento. Lástima que por culpa de Betancur y sus asesores, ese mundialito no se hubiera podido haber hecho en realidad. Lástima, que por culpa de él y los suyos, esta tierra cercana al corazón, rodeada de dos mares, con todos los climas posibles, y llena de gente maravillosa, sedienta de fútbol, no hubiera podido bautizarse en el gol.
Betancur y su equipo, los senadores de entonces, los ministros, nos quitaron para siempre la ilusión. Hoy, 20 años después, aún no lo puedo creer. Aún me duele creerlo.
A escasos días de que empiece el mundial versión 2006, ese dolor nostálgico es aun más intenso. Ahora, no vamos al mundial por malos, ineptos, ineficientes. Por que no podemos. Pero hace 20 años no lo hicimos porque no quisimos.
Al fútbol que llevó en mi alma, con el que colecciono jugadas, gambetas, goles, con el que hago inventarios de la historia, le hace falta un mundial; un mundial que iba a ser “hecho en Colombia” pero que como un viejo amor se ha ido, por culpa de uno, y ya es imposible recuperar…
P.d Alfonso Senior, un verdadero hombre de fútbol, logró la sede sabiendo que más allá de balón, el mundial era la mejor forma de hacer crecer al país. Estoy seguro que a su muerte, hace dos años, el fantasma del mundial lo rodeó, y que a su partida ese asunto se le quedó pendiente. Paz en su tumba, paz en su mundial....
Pan y circo (2006)
Su propuesta de hacer un mundial de fútbol en Colombia, no sólo señala a las claras la ignorancia en el tema, sino además su buen manejo en comunicaciones. No de otra manera se entiende como se le ocurre darle pan y circo a un país que acaba de pasar una sequía de goles, y que tiene otros temas de mayor interés. Nosotros no debemos pensar en organizar el mundial del 2014, cuando ni siquiera nuestros dirigentes han podido calificarnos a los torneos del 2002 y 2006.
Nosotros no debemos pensar en organizar un mundial cuando el gobierno, el mismo que él dirige desde hace 4 años, no ha podido organizar el fútbol colombiano. Cuando la infiltración de paramilitares en el torneo es cada vez más fuerte, como lo señaló la revista Semana en una edición pasada, cuando las finanzas de los equipos demuestran a la clara la falta de talento de los dirigentes, cuando los miembros del comité ejecutivo de fútbol, han demostrado que su interés personal es insaciable y que por encima del bien común ellos siempre han tenido intereses propios.
Hablo aquí solo de los temas relacionados con el fútbol, porque los otros argumentos de inversión, infraestructura, necesidades reales del país, y demás, creo que están claros. Cuando Alfonso Senior logró la sede de Colombia para el mundial de 1986, la situación del país no sólo era otro, sino que además los mundiales eran diferentes.
Los que acabamos de regresar de Alemania, como turistas e hinchas del fútbol, sabemos que el punto (en infraestructura, logística, seguridad, organización no solo en los estadios sino afuera de ellos, entre otros) que puso el mundial del 2006 es imposible para un país como Colombia. No imaginó un mundial en nuestras tierras, y hablo aquí con la razón y no con el corazón, en nuestras actuales situaciones. Aunque falta casi una década, no me imagino cómo vamos a organizar el mayor evento mundial, cómo vamos a responder con hechos al sueño.
No le creo a las palabras de Francisco Santos sobre los compromisos y el trabajo en equipo. Ver la inauguración, y el parto que fue tener la mayoría de las sedes de los Juegos Centroamericanos y del caribe, me da argumentos para ratificar mi tesis.
Pero además, se que esa propuesta es sólo un invento de un gobernante por dar pan y circo, por encontrar razones que desvíen la atención de otros hechos graves, que concentren a la opinión en una discusión banal y alejada del reparto burocrático del país, sin que eso signifique que esté en contra – o favor- de Uribe.
No he querido hacer de este escrito una burla, aunque sería muy fácil por la debilidad del argumento esgrimido por el Presidente, pero sería tan fácil hacerlo con sólo cerrar los ojos e imaginarnos el mundial. Los que vamos a fútbol seguido, los que hemos recorrido la fauna de nuestro deporte, los que hemos ido a un mundial, o a un vento de grandes dimensiones deportivas, sabemos que la cama no alcanza siquiera para el sueño.
Más bien, invito al gobierno, al Presidente, a su equipo que agrupen sus “buenas voluntades” para ir pensando en como carajos vamos a hacer para ir a Sudáfrica en el 2010. En algo más de un año empiezan las eliminatorias, y aunque los gobiernos no se deben meter con las Federaciones, creo que en este caso es necesario obligar a que la Federación Colombiana de Fútbol arme un plan de trabajo, escoja un equipo técnico serio y asuma la responsabilidad para que el país vaya al mundial. Hay que buscar una buena sede, partidos de preparación, hay que armar un proyecto y lideralo.
Es hora de enviar, junto con Samper y Pastrana a las excusas al olvido. No más fracasos sin responsables, no más improvisación, no más Selección Colombia de unos cuantos. Tener a Colombia en un mundial es más sencillo que organizarlo, pero sobre todo más realista. Los hinchas del fútbol queremos que nos tomen en serio, no todos somos tan ignorantes como para creer que a punta de pan y un circo nos vamos a olvidar de lo que hace mal un buen gobierno.
Es hora de trabajar, trabajar y trabajar y no de prometer para engañar…
Los once de mi tribu (2006)
Existen, para mi, tres clases de libros de fútbol: los de ficción, los autobiográficos y los de análisis sociológicos del deporte. No hablo aquí de los seudo libros que enseñan “Defensa y ataque” ni “La preparación física del futbolistas”. Hablo de los libros que emocionan, que gritan goles apenas se abren sus lomos, que gambetean tardes, que cuentan historias, recrean hazañas o explican fenómenos. Libros con talento y voz de mando como para ser capitanes indiscutidos de cualquier club.
El siguiente equipo internacional – de once titulares, cinco suplentes y un director técnico- es como toda lista que hace un seleccionador, incompleta, de roscas, caprichos e intereses personales. No están todos los que son, ni son todos los que están.
Aún hay muchos fichajes que no he podido hacer, muchos novatos que no he visto debutar y muchos galácticos que no he podido pagar. Los libros aquí incluidos pertenecen a mi biblioteca, a mi área chica, pero sobre todo, a mi alma. Ellos saben que yo soy su fanático e hincha número uno. Estos son, plagiando a Villoro, los once de mi tribu…
Por: Andrés Gómez V.
Arquero
El Fútbol a Sol y Sombra
Eduardo Galeano (Uruguay)
TM Editores - 1995
Como todo buen guardameta moderno, es un libro pausado, reflexivo, experimentado y a veces irreverente. Los años le han dado la cinta de capitán. Es un obligado en cualquier equipo. Compuesto de pequeñas historias, de una o dos páginas, sus textos le hacen homenaje a los grandes jugadores y partidos, a los goles y a lo oculto del fútbol y su entorno. Un clásico que engrandece el fútbol entendido como arte.
Lateral derecho
Cosas del Fútbol
Francisco Mouat (Chile)
Pehuen Editores -1989
Las crónicas de este libro son pequeñas pero contundentes. Juegan pegadas a la raya y defendiendo. En sus páginas se rescata la magia del ritual del fútbol. Es una miscelánea para iniciados y conocedores, con ritos de celebración, explicacion de fouls famosos, definición a penales, autogoles y curiosidades del balón. Un libro pequeño pero sorprendente, como un lateral lanzado al ataque.
Libero
How Soccer Explains the World
Franklin Foer (Estados Unidos)
Harpers Collins Publishers - 2004
Explica desde su área, con tranquilidad y visión de campo, la relación entre el fútbol y la economía, las guerras, la cultura, el sentimiento hooligan. Escrito a partir de la búsqueda periodística de un gringo enamorado del fútbol, este libro permite entender no sólo el fútbol, sino además la globalización.
Central
Artistas, Locos y Criminales
Osvaldo Soriano (Argentina)
Grupo Editorial Norma - 1997
La mejor crónica - entrevista deportiva jamás escrita. Un diálogo que en la voz de Obdulio Varela adquiere dimensiones épicas. Explica – a raíz del Maracanazo- lo dual del fútbol. A veces los ganadores, a pesar del triunfo, pueden sentirse derrotados por la reacción de sus contrincantes y el entorno. Una maravillosa pieza que en su posición central le da altura al periodismo deportivo.
Lateral Izquierdo
Fútbol Increíble
Luciano Wernicke (Argentina)
Ediciones de la Flor
Este lateral no solo defiende, sino que se dedica desde su posición a recopilar historias, casos, anécdotas del balón. Escrito con humor y sencillez recrea el mundo inesperado del fútbol, con perros que hacen goles, jugadores que se dan besos en la boca para celebrar y jugadores que agonizan en el campo. Todo, escrito con el talento de quien sabe que el fútbol es como un hermoso álbum de recuerdos.
Volante de marca
Los Amos del Juego
Juan Ignacio Rodríguez (Colombia)
Editorial Peyre - 1989
Como buen seis es patabrava, malencarado, de mala edición, pero contundente. Este libro de semáforo surge del bochornoso año de 1998 cuando el fútbol colombiano fue victima de secuestros, mafia, sobornos y muerte. Relata y señala –periodísticamente-, cómo y quién manejaba el fútbol colombiano. A pesar de tener poco talento literario, es necesario en el equipo, porque revela y pega.
Volante mixto
Cuentos de Fútbol
Autores Varios (Latinoamérica)
Alfaguara - 1995
Variado. De dos áreas. Pasa de defensa a ataque. Reúne los mejores relatos cortos de los grandes escritores latinoamericanos. Incluye los clásicos: El Césped de Mario Benedetti; El penal más largo del mundo de Osvaldo Soriano; y mi favorito, Creo, vieja, que tu hijo la cagó de Jorge Valdano. Un libro para toda ocasión y para todo juego.
Volante de creación
Esperándolo a Tito – Lo Raro Empezó Después
Eduardo Sacheri (Argentina)
Editorial Galerna - 2000
La 10 te la ganas, por eso, estos dos libros mágicos, talentosos, finos con el balón y la palabra, lo llevan en la espalda. De lo mejor que hay en el mercado. Emocionan hasta las lágrimas. Erizan la piel. Una serie de cuentos en los cuales la pasión por el fútbol, por sus milagros, por su alma, quedan al descubierto. Cortos relatos llenos de emoción que recuerdan la tribuna, el sueño del pibe, el partido de barrio.
Puntero derecho
Los Once de la Tribu
Juan Villoro (México)
Aguilar - 1995
La veteranía de un goleador con el talento de un conocedor del tema. Aunque este libro sólo contiene tres relatos de fútbol, la explicación con tintes sociales de la pasión, del por qué del hincha, de la hermosura del juego, le da un puesto en la titular. Es un buen recuento, además, de la relación precisa entre fútbol y literatura. Entre lo heroico y lo trágico. Un libro que desborda pasión por la raya y lanza centros.
Centrodelantero
Fever Pitch
Nick Hornby (Inglaterra)
River Head Books - 1998
Sus relatos gritan goles, definen en el área con maestría, capitalizan por arriba y por abajo. Indispensable. Definitivo. Un delicioso diario de un buen hincha del Arsenal, para quien la vida sólo se puede explicar y entender a través del fútbol. Un clásico de la literatura futbolera inglesa y mundial.
Puntero izquierdo
Yo Soy el Diego
Diego Armando Maradona
Planeta - 2000
Este puntero es irreverente, preocupado más por la diversión que por el objetivo, pasional hasta el fondo, capaz de sacar una gambeta en medio metro, curtido en los juegos, capaz de escapar al patadón de un central torpe. Biografía, con comentarios al margen, del propio Maradona. Un jugador que fue un mago con el balón, pero además un inteligente exponente de una forma de ver el mundo. Escrita en primera persona, infaltable para quienes saben que una buena una zurda vale más que mis palabras.
Suplentes
1.
La Guerra del Fútbol
Ryszard Kapunscinski (Polonia)
Editorial Anagrama – 1992
Crónica, de un reservado al banco, del incidente bélico entre Honduras y El Salvador causado por el fútbol. Escrita por el mejor reportero de guerra, este libro, a pesar de contener un solo relato del balón, siempre podrá ser titular.
2.
El Miedo Escénico y Otras Hierbas
Jorge Valdano (Argentina)
Aguilar - 2003
En el banco siempre se debe tener un jugador que lea los partidos, que aconseje al técnico, que desde la raya grite y apoye a sus compañeros. Este recuento sentimental, pasional y social de las columnas de opinión de Valdano, publicadas en el diario El País, no sólo goza de buena letra sino que además empuja al equipo desde afuera para que corra adentro.
3.
Gracias, Vieja
Alfredo Di Stefano (Argentina)
Aguilar - 2000
Autobiografía de uno de los mejores del mundo. Recuento de su carrera, sus inicios, su paso por Colombia y Millonarios, sus goles, su consagración merengue. Escrito de manera cronológica, permite entender un estilo de fútbol y a un mito que muchos nunca vimos jugar, pero que todos llevamos en el recuerdo.
4.
Dios es Redondo
Juan Villoro (México)
Planeta 2006
Para jugar de titular siempre hay que pagar el derecho de piso. No importa el talento, ni la clase. Este nuevo libro de reflexiones entorno al balón, a la pasión, a los grandes ídolos como Diego, hasta ahora se está haciendo su camino. Lo cierto, es que ya en los entrenamientos ha marcado goles y ha dejando en claro su clase y talento.
5.
Ronaldo, retrato de un niño
David Torras y Marcos López (España)
Ediciones B - 1997
Una biografía del por entonces sorprendente Ronaldo. Recuento de sus inicios y esplendor. Condenado a la suplencia, por siempre, por un pequeño detalle: en la página 85, confunde a nuestro inmolado Andrés Escobar con el asesino y narcotraficante Pablo Escobar Gaviria. Un error que nunca lo dejara debutar.
Director Técnico
Nuestro Fútbol 1948 - 1976
Hernán Peláez Restrepo (Colombia)
Alfonso Rentería Editores - 1976
Único en su género. Un libro que tiene experiencia, historia y recursos para enseñar en un mundo sin internet. Todo hincha, periodista deportivo, o amante del fútbol colombiano lo debería tener. Permite conocer la historia de lo que pasó en nuestras canchas entre 1948 y 1976. Estadísticas, datos curiosos, reflexiones, fotos, entre otros. Un manual que resume 28 años de nuestro fútbol. Desde su puesto, mira el pasado con talento y goza del respeto adquirido.
P.d Un pedazo –muy pequeño- de este texto apareció en la revista Soho de junio de 2006.
De trampas y otros tangos (2005)
Aquello que por años pareció más un mito urbano que una realidad, hoy es un hecho aceptado por propios y gauchos. Ellos, los argentinos, le dieron calmantes, drogas, laxantes y demás, camufladas en termos de agua, a los brasileros para derrotarlos en los cuartos de final de Italia 90.
Maradona lo confesó en una entrevista decembrina a finales del año pasado, y la verdad, pensé que estaba ante una alucinación más de unos de los drogadictos más celebres del mundo, pero también de uno de los futbolistas a los que más adoro.
Maradona, palabras más palabras menos, contó como ellos (los argentinos) no eran capaces de parar a los brasileros. Como el jogo bonito, lleno también de ganas, les estaba complicando el partido, y como el kinesiólogo, en complicidad con el técnico y demás, hizo trampa para “envenenar” a los rivales.
Soy un convencido de que en el fútbol, como en la vida, no sólo importa la forma sino el fondo. Uno no debe ganar a cualquier precio, y mucho menos con unas mañas distintas a la gambeta. La trampa, el doping -pero negativo- que les propinaron, es una canallada acá o en cualquier lugar del mundo. El fútbol, es una metáfora de la vida, y el engaño es un artilugio que allí no tiene espacio. Lo que pasa en la cancha, también pasa en la sociedad.
Para completar, hace poco, los argentinos también aceptaron que hicieron un pacto con Uruguay para empatar el juego final de las eliminatorias y así impedir que Colombia tuviera la opción de ir al mundial. Seamos claros, no fuimos al mundial por torpes, más no por ese empate, pero ese aceptación de la trampa no hace sino minar y llenar de argumentos a un país en el cual, y en especial en el fútbol, la trampa es una norma.
Ya sabemos que el doping ha estado presente en varios directores técnicos argentinos, que el “pichicato” fue normal por años allá, que Lujan Manera incluso lo trajo a Colombia y que la trampa, como forma de ganar, fue reconocida por técnicos triunfadores como Bilardo como una forma más del juego. Ya sabemos que el fútbol mueve tanto dinero que hay sobornos para ganar y para perder, que los directivos venden su alma al mejor postor y que el hincha raso rara vez se entera. Ya sabemos que allá llegaron a una final de un mundial (1978) al comprar a Perú.
Ya no hay nada que hacer, ya no hay recuerdo que borre el triunfo de Argentina ante Brasil, ni su paso a semifinales y mucho menos la derrota ante Alemania, pero al menos, ahora, con la cabeza fría, creo que el hecho de que no hubieran ganado su tercera Copa Mundial allí, y la segunda consecutiva, es un buen castigo por haber creído y olvidado que para ganar no todos los métodos son válidos. El fútbol no es el único que cobra revancha y las lágrimas de Maradona parecen merecidas.
El fútbol, que es como un espejo, nos debería invitar como sociedad a reflexionar sobre las formas y los fondos, sobre el amor que le tenemos a un juego en el que mucho “Chiqui” y no sólo García, en el que mucho senador, y no sólo Camargo, y en el que muchos otros, y no sólo Finas, Rodrígues, Escobares, Gachas, Gonzáles, y demás, han convertido en su deporte predilecto para ejercitar sus trampas, sus “mañas”, sus corrupciones.
Lástima por la Argentina que adoro, por la que muchos idealizan, que su fútbol tenga sabor a tango mezclado con corrillo mexicano. Ojalá, eso sí, nosotros, tan dados a copiar lo argentino, sobre todo lo malo, no copiemos su trampa, su cinismo, su maquiavelismo extremo y, en cambio, reflexiones sobre el costo, para una sociedad, de sacrificar la dignidad para ganar a cualquier precio...
Hinchas ramplones (2005)
Algo grave tiene que estar pasando en Colombia cuando hablar de fútbol ya no es un placer sino una tortura. El fútbol refleja la tolerancia de un país, y en cierta medida su cultura. Acá hemos dejado de lado los argumentos para pasar a las ofensas. Ser hincha de un equipo implica, no se porque estúpida razón, la imposibilidad de tener amigos de otros equipos y poder entablar una conversación sería sobre el tema.
Basta, por ejemplo, con mirar cualquier foro de fútbol en Internet para comprobar que ya no hay argumentos y que ya no hay espacios libres de insultos.
En nuestro país, ha hecho norma la ramplonería y no en las evidencias. Ser hincha de Millonarios implica, por alguna razón que no entiendo, no una rivalidad deportiva con América, Nacional y Santa Fe (qué partidazos, sin importar el resultado, los que hemos disputado con esos rivales) sino un odio jarocho hacia esos equipos y sus hinchas. A su vez, por poner otro ejemplo, ser hincha de Nacional implica odiar no sólo a Millonarios, América y Medellín, sino a sus hinchas como parte de un credo sin sentido.
Cuando en una batalla no hay rivalidad sana, cuando el otro, el equipo rival, y el hincha que lo representa, no dan una lucha sana, no posibilidad de aprendizaje, no hay retroalimentación, no hay espejo en el cual ver virtudes y defectos.
Lástima, que eso nos limita la capacidad de hablar de fútbol, de criticar partidos, de mirar ángeles y demonios, de tomar posturas validas, de recordar fechas y nombres. No nos digamos mentiras: todos los equipos colombianos han tenido sus altos y sus bajos, y por ello, no son menos a los ojos del hincha que los otros. El periodismo, ese que se ejerce también con pasión, no puede ser nunca objetivo porque analíticamente es imposible: la escogencia de un tema sobre otro, por ejemplo, invalidad esa posición. Sin embargo, la pasión no puede ser el único argumento. Ahí, también tenemos una falla.
Uno esperaría poder hablar de fútbol con cualquiera, hincha o no, sin ocultar su condición, pero con argumentos que se sostengan solos. La verdadera piel no necesita de camiseta.
La idea no es negar las rivalidades, porque eso es parte de la esencia de deporte, pero si poder intercambiar conceptos y no insultos. Una cosa es defender un color de sangre y otra hacerse matar por el. Una cosa es creer con la fe ciega que el equipo de uno es el mejor del mundo, y otra que eso sea realidad. Una cosa es el amor y otra el encoñe. Uno no ama no siempre al mejor sino al que mas le gusta y ahí no debe haber discusión. Pero eso es tan sólo una parte del deporte del balón.
Por eso espero que en Colombia podamos hablar de nuevo de fútbol sin matarnos y sin insultarnos. Hay que dejar en claro la camiseta del color que uno ama, sin que eso limite los argumentos, sino que ese sea tan sólo el motivo de los ataques.
No más insoportables hinchas que creen que por la fuerza, los madrazos o la amedrentada, van a lograr imponer sus razones. Esos no son hinchas, sino seres que creen que un tatuaje es el verdadero amor.
Ojala, por el bien del fútbol, de nuestro fútbol, y de nuestro propio país, tengamos la capacidad y tolerancia para hablar del balón, de los jugadores, y del entorno, dejando en fuera de lugar la ramplonería y los gritos. Al fin y al cabo, antes de cada uno ser hincha de uno de un equipo u otro, lo fuimos de un deporte. El verdadero seguidor del fútbol ama el balón en una esquina y con canchas de ladrillo o un clásico en el Camp Nou. El Dios es el mismo sin importar la iglesia.
Por ultimo, alguna vez oí una frase que se me quedó guardada como un gol de último minuto: cuando dos personas discuten sin razón, la culpa es de la más inteligente. Hay les dejo la duda...
RCN y el equipo campeón. (2005)
Hace unos años, cuando el grupo empresarial Ardila Lülle compró al Atlético Nacional, el mundo del deporte vio con interés como la empresa privada se “comprometía” con el deporte. Aunque bien hubieran podido más bien patrocinar campos, escuelas de formación, brindar alimentación a equipos desahuciados, etcétera, pero uno entiende, con la lógica que da un corazón de empresario, que sólo se invierte en los negocios con el fin último de ganar, tarde o temprano, plata. Atlético Nacional no sólo tenía buena marca local, sino imagen internacional, trayectoria, hinchada, y aquello que se llama prospectividad. Es decir, era sin duda un buen negocio.
Eso esta bien y eso debió primar a la hora de invertir. Porque si no Ardila Lülle debería haber comprado a su Atlético Bucaramanga, o algún equipo de sus ancestros alemanes, y con seguridad a ninguno de la familia Posada Tobón...
Pero es que el empresario piensa en la plata y en nada más. Así que, que mejor que tener gaseosas, medios de comunicación, y equipo de fútbol y hacer una sinergia de empresas. Así, las gaseosas patrocinan al equipo, sus medios de comunicación le dan difusión a su equipo y sus gaseosas, y todo es un negocio redondo.
El problema radica, y esa es la queja, cuando esos mismos medios de comunicación pierden su independencia y terminan prostituyéndose hacia su benefactor. Y peor aún, cuando no son sólo los medios de comunicación, sino, sobre todo, los medios informativos: noticieros, programas de opinión, trasmisiones deportivas.
RCN, y en especial su canal de televisión, está completamente con las patas abiertas y la camiseta puesta hacia el Atlético Nacional. No hay una distancia, que DEBERIA existir, entre lo que informan y sus intereses comerciales. Eso es lo básico de los medios informativos.
Si RCN quiere convertir sus programas no informativos en espectáculo, y no tener una línea entre lo comercial y lo que presenta, eso esta bien. Cada gamín se gasta su plata en el pegante que le gusta. Pero lo que no es correcto, aunque eso no signifique que es ilegal, es que mezclen la información con lo comercial, porque eso atenta contra los principios básicos del periodismo, tapa los ojos, presenta información sesgada, y vuelve el periodismo un acto banal e inocuo.
Una cosa es escribir de fútbol como hincha y hacerlo con la camisa puesta, aclarando sus puntos de vista. Jugando con la reglas sobre la mesa y el naipe sin barajar. Yo, por ejemplo, soy un confeso seguidor azul, por eso, escribo como hincha, para que nadie dude de lo que soy, pero el día que tengo que aceptar que hubo un equipo superior al azul (y vaya años que me ha tocado hacerlo), lo hago con la hidalguía y con honor.
Mis principios no están en el canal o medio para el que trabaje o bajo la mano que me de de comer. Porque por eso son los principios y están por encima de todo.
Por eso me causa indignación que los periodistas de ese canal, y de esa casa, se presten para ese juego, para esa doble identidad. ¿Acaso su credibilidad y, sobre todo, su criterio tiene como apellido RCN? ¿Acaso ellos, sin un canal o sin un micrófono verían el fútbol de diferente forma?. ¿Acaso le hacen fuerza desacarada porque así ganan todos? ¿Acaso en el contrato se estipula que no se puede hablar mal del Nacional y que hay que ser parcializado?
Porque no hay duda que RCN está parcializado hacia el Nacional. Basta ver la transmisión de un partido, la sección de deportes del noticiero, para ver que cada vez hay más publirreportajes y menos información. Para ver que cada vez hay una prensa, en ese canal, menos independiente y más entregada al patrón y sus intereses.
La final con Santa Fe fue una prueba fehaciente de ello. No hubo objetividad, y en cambio si manipulación hacia el televidente. Deberían, porque la gente les cree a los comentaristas, haber declarado desde el principio que RCN era dueño del Nacional y que ellos le harían fuerza, aunque claro eso también hubiera estado mal.
¿Acaso ahora que Caracol Radio es español, deben los periodistas de ese medio hacerle fuerza a la selección España?, ¿dedicarle minutos y minutos de su programación por encima de los otros rivales?, ¿transmitir los partidos, por ejemplo, contra Colombia, con una clara ovación chapetona y no con objetividad?
Cuando se confunde el periodismo con la prostitución, no basta agua y jabón para expiar las culpas. Si tanto quiere RCN tener un canal para el Nacional porque no hace lo que hizo el Real Madrid o el Boca Juniors y le crea uno propio con logo y slogan. No dudo que sea buen negocio. Nacional tiene una enorme y excelente hinchada y sin duda tendría buen rating.
Pero por ahora, por favor, por decencia, esa palabra, con el televidente, no más manipulación, no sin contar en público sus intereses particulares, sin aclarar, en los noticieros nacionales, que la información que van a dar es sesgada.
RCN noticias va camino a ser lo que es MARCA o SPORT en España, pasquines con patrocinio propio, Merengue y Culé sin objetividad, sin claridad, y sobre todo, sin una gota de esa hermosa profesión que le da vida a los noticieros y que se llama periodismo.
¡Qué viva el racismo! (2005)
Que a un jugador de fútbol profesional le boten un banano, que lo chiflen, que lo injurien con gritos xenófobos, que le digan “Negro simio” tan sólo demuestra el miedo y la envidia que nos producen sus gambetas en el campo de juego, el temor que nos da su pique endiablado, su fortaleza física.
Que a un jugador extranjero, y en especial latinoamericano, le griten “sudaca de mierda”, lo escupan, lo provoquen, tan sólo demuestra que la estupidez hace cuna en Europa y que los años de civilización les ha dejado un eterno Alzheimer. Que en nuestro propio continente un jugador agreda a otro por su color, tan sólo demuestra que el cristal con el que vemos a los otros, hace años lo tenemos desfigurado y que hemos olvidado nuestra raíces.
Los jugadores de color, los negros queridos, sí que hacen su propio racismo sobre la cancha. Ellos sí que marcan diferencia, ellos sí que aprovechan su fortaleza física, su pasado cultural, sus raíces, para enseñarnos, a los blancos, como jugar al fútbol, como divertirse con poco, como alegrarse con apenas la ilusión, como celebrar de verdad un gol.
El talento de un jugador negro suele siempre abrir la pregunta: ¿cuál es la raza inferior?, Acaso aquella que blasfema, que envidia, que quisiera y no puede ser, o aquella que produce alegría, que se sobrepone a los hechos históricos…
Los jugadores de fútbol blancos suelen estar divididos en varias categorías: los hay troncos, talentos, cracks hasta el infinito, mediocres, normales, etcétera; los de color, en cambio, se diferencian tan sólo en dos grupos: o son unos cracks o son unos troncos, allí, si que no hay tintas medias, allí si que no hay tonos de color.
Lo increíble es que cada vez más nosotros, los colombianos, sudacas, algunos negros, la mayoría pobres, nos creamos el cuento del racismo. Ofendamos a los otros en la cancha, en el campo de juego, llenemos el estadio de gritos estúpidos como “negro tronco”, defendamos, en la peor de las idioteces, la cultura skinhead, y elevemos una cruz esvástica como prueba de “superioridad”.
Hay que apoyar el racismo, hay que hacerle una cruzada, pero entre la estupidez y la inteligencia. Hay que discriminar a todos aquellos que gritan a un jugador negro por su color de piel, hay que vetar a Europa con nuestro talento y fútbol, hay que cruzar el charco y demostrar con fútbol quien es la raza inferior, pero sobre todo, hay que rendir pleitesía a quien de verdad se lo merece.
A mí, la verdad, me importa poco el color de piel. Yo juzgo entre cracks y troncos. Ya sea en un campo de juego profesional, o con dos sacos y un ladrillo en una calle cualquiera, cualquier equipo soñaría con tener a un jugador de color que marcara la diferencia o uno blanco que lo hiciera. Lo cierto, es que la probabilidad está en contra de estos últimos. Los blancos, generalmente, pasan de agache ante la vida del fútbol, los de color, en cambio, la protagonizan.
Qué viva el racismo, que viva la segregación, porque sin saberlo, le está dando cada día más razones, motivos, inspiración, a los jugadores de color negro, para que desarrollen su gran talento y su habilidad, para que nos demuestren que si en realidad hay una raza inferior, por lo menos en deportes, no es la de ellos.
Ojalá, eso si, haya un día donde el único racismo real sea el que se da en un mundo en donde nadie, paradójicamente, acepte ni por un segundo a un intolerante. Un mundo, en donde sólo haya cracks…